Vuelvo en unos meses. Quiero escribir cuentos más largos. Mientras tanto, siéntanse como en su casa, libres de entrar y salir a su antojo, de merodear entre las fotos y los cuentos de este blog, que ya pasan de cincuenta; libres de quedarse también.
Hasta pronto,
Dot
Un hombre camina hacia una mujer por la acera. Con el arco tenso y la flecha en su sitio, Cupido aguarda detrás del arbusto el instante único en que sus corazones se solapen. Pero su pulso ya no es el mismo... Dispara, y la flecha va a dar al tronco de un cerezo, que en cuestión de horas, cubrirá con sus flores la avenida en pleno invierno.
Nunca fue bueno; malicioso más bien. Su madre, la única persona que lo conoció, lo supo a los pocos días de nacido: algo extraño en la fijeza de su mirada, en la quietud de su cuerpo pequeño que se movía solo para lo indispensable. Pero ella lo dejó crecer, como quien deja crecer a una yerba mala en el patio: siguiendo los pequeños brotes de su maldad; maldad que se fue refinando con los años para destilarse toda en una amenaza solapada, un rumor malintencionado, una manera de sacar del camino a otro sin ser visto. Por eso no la sorprendió aquella tarde en que salió de su mutismo habitual para decirle que se haría policía.
Siendo muy joven le dijeron que todos los caminos conducen a Roma; entonces se echó a andar segura de que acabaría llegando a su destino. Se dice que llegó a Roma a los sesenta y un años, cuatro meses y cinco días, solo que no se dio cuenta; después de todo, ella ya no era la misma.
Apenas se puso los zapatos que le dio su madrina, se sintió distinta: era la primera vez que miraba el mundo desde esa altura; el mundo a sus pies... Taca, taca, taca. Y ese sonido que hacía al caminar, tan parecido a la importancia... Entonces decidió no ir a la fiesta; ¿para qué? ¿Darse todo ese trabajo para volver apurada antes de la medianoche arriesgándose a perder un zapato en la carrera? Ella ahora sabía lo lejos que podía llegar subida en ellos. Y se le fue el tiempo taconeando de aquí para allá frente a un espejo hasta que sonaron las doce.
El día que Gabriela se fugó de Tácata con un forastero, no se imaginó cómo terminaría al cabo de unos años. De haberlo siquiera sospechado, no hubiera salido furtiva y feliz de la mano de ese hombre que entre besos y requiebros, le ofreció un mundo mucho más ancho que las cuatro calles de su pueblo. Y ahora que está entre cuatro paredes en un barrio pobre, cargada de niños que alimentar, Tácata no es para ella el pueblo miserable de su infancia, sino un pueblo pintoresco con sus calles coloridas, su plaza sombreada por samanes, su río cristalino; un río al que ella va cada tarde (los pocos minutos que toma para descansar) a darse un baño dulce en aguas limpias, un baño del que sale renovada a pasearse por las calles, a sentarse en un banco de la plaza y mirar a su gente, a sentir esa vida simple, hasta que el bullicio del barrio o algún llanto la expulsa de su pequeño paraíso. En todos estos años, Gabriela no ha querido tomar el autobús y hacer el largo trayecto de vuelta a Tácata; elige recrearla cada tarde. Y elige bien.
-Yo soy esa mujer- se dijo con asombro al verla pasar. Una mezcla de dolor y extrañeza la invadió. Nunca se había pensado así: flaca, desvalida, y con esa expresión ausente en la mirada; como alguien que se sabe perdido para siempre. Desde el banco siguió sus pasos: tenía puesta una falda marrón (un color que jamás llevaría), y caminaba con paso firme, como quien sabe a donde va... Si no fuera por esa mirada, se diría que tenía un destino cierto. De pronto comenzó toda ella a palidecer, transparentándose a cada paso. Llegando a la esquina se esfumó, evaporada en el calor de la tarde.